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Fragilidad

Voz: Romina Szalay
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la lluvia tiene en la intimidad de su ser, la capacidad de generar vida, de regar los campos y hacerlos más fecundos. Pero también, la lluvia puede ser imprevisible, ruidosa y, en ocasiones, degrada o agrieta la estructura del suelo.

Cuando la tormenta pasa, suelen quedar sus vestigios, esas pequeñas gotas que se resisten a caer en suelo y morir. Y, al igual que la gota después del temporal, la fragilidad siempre está presente para recordarnos nuestra humanidad. Pero esta fragilidad puede resultar de la angustia que supone tal desaparición, es decir, la conciencia de morir. Más allá del peligro en el que se encuentra nuestra existencia, es la angustia provocada por el sin sentido, la que subraya nuestra contingencia.

En el libro La fragilidad del mundo de Joan-Carles Mèlich, se lee: “No somos los dueños de nuestra propia casa, somos extranjeros para nosotros mismos. (Habrá) que aceptar que existir es inventarse y asumir cada día el riesgo de precipitarse al vacío, (porque) habitar el mundo, es existir siempre en un trayecto, en una encrucijada”.

Nuestra existencia se caracteriza por poder ser siempre “de otro modo”, y eso nos hace cargar con la pena de añorar lo que nunca sucedió. Pura finitud, pura humanidad al acecho esperando irrumpir la temporalidad para mostrar nuestros propios límites.

Asumir la fragilidad es permitir que el mundo nos interpele, que sea disonante, que no encaje, que ese “aún no” se haga presente.

Por otra parte, la finitud no es solamente la conciencia de muerte, sino más bien, la conciencia de vida. Ahí se concentra el verdadero misterio, porque somos testigos que se puede vivir sin existir.

Quizás la gota de lluvia aletargue su existencia en la hoja antes de caer en suelo por miedo al olvido.

Quizás el olvido sea la verdadera muerte.

Gabriela Geraldina Da Re

Daniel H. Corbella
Fragilidad 
Ilha Grande  2016

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