Utcatha

Daniel H. Corbella
Utcatha
Catamarca - 2013
“Pero mucho más propio del sentir indígena sería el término utcatha, que significa estar. Además, pareciera llevar en la primera sílaba un apócope del término uta o casa lo cual lo vincularía con el concepto de domo o sea domicilio o estar en casa (..) y también la madre o vientre donde la mujer concibe. (Rodolfo Kusch, En: América Profunda)
En su obra, el filósofo argentino Günter Rodolfo Kusch pone en evidencia el espíritu ecológico de América que está arraigado al suelo, a la vida, no a una cultura universal, sino a un aquí y ahora que se manifiesta en las costumbres, es decir, en su irracionalidad. Hacemos cosas sin saber por qué y, al mismo tiempo, ese hábito constituye nuestra existencia.
El suelo no se reduce a la extensión o a una cuestión geográfica, sino que implica una especial situación: la de “estar” en la tierra, gravitar el suelo que se pisa, saberse raíz, estar disponible culturalmente y contemplar la sabiduría que crece en lo más profundo de la tierra.
La tierra es hogar que acoge, es domicilio existencial, está ahí para decirnos quiénes somos. Estar domiciliado en América es perderse en el paisaje, refundirse en el follaje y en las raíces.
¿Qué hace ese niño? Escucha la confesión de la tierra, de ese fondo aún no expresado, intuye sus secretos, hunde sus pies en la historia, busca signos, movimientos y gestos para contarla. Reúne la palabra divina en el balbuceo de los dioses.
¿Qué hace ese niño? Juega con la tierra, busca los aciertos fundantes, se corre de las verdades aparentes, se revela contra la seriedad garantizada de la ciencia y arriesga. Anida un mundo siempre en estado de promesa.
¿Qué hace ese niño? Se libera de la prepotencia del amo, recupera la voz de sus ancestros, se funde en el mero estar, se prepara para la marcha, deja su estado sedentario, se esfuerza por contemplar los nuevos brotes que insisten, persisten y resisten frente al olvido.
¿Qué hace ese niño? Está ahí porque sí, desnudo, hambriento, con toda su indigencia y en medio de todo ese “hervidero espantoso”. Se refugia en la tierra, emerge y es sumergido por ella, piensa con el suelo.
¿Qué hace ese niño? Busca amparo, contempla, es paciente con la naturaleza y toma una decisión: asume la existencia como contradictoria. Ni bueno ni malo, ni blanco ni negro. La decisión es genuina, porque siente que el pensar es pura potencialidad, no clausura, más bien se abre a lo indeterminado.
¿Qué hace ese niño? Dialoga con el universo, arma una trama en la que siempre hay Otros. Se convierte en guardián de esos Otros. Se descubre en una relación humana permanente. Abandona su anonimato, su temor originario, toma conciencia de su alteridad arrojada de la historia grande y busca su lugar, su domo.
¿Qué hace ese niño? Está siendo nomás.
