A orillas de mí

Daniel H. Corbella
A orillas de mí
Rio de Janeiro 2016
Una vez escuché que había dos maneras de acercarse a la orilla. La más directa era caminar por la playa, tímidamente acercarse al agua, tocar las primeras rompientes, con el pie jugar como quien aún no está decidido a embarcarse en tamaña aventura, imaginar desde la orilla la profundidad del mar y casi con timidez e incertidumbre, animarse y sumergirse. Claro que quien se acerca así al mar no lo hace de una: va tomando precauciones, mide la temperatura, analiza hasta dónde ir, concibe peligros y hasta parece disfrutar del momento. En definitiva, quien se acerca de este modo a la orilla desafía al mar, se lo apropia y lo conquista.
Las expresiones de este tipo de gente, que se va metiendo de a poco al mar y que parecen personas precavidas, podrían confundirse con cobardía.
Pero hay otro modo de acercarse a la orilla. Y es correr, tomar impulso, sentir la adrenalina previa a todo contacto con el agua y vivir la arrogancia de quien se sabe dueño del mar. Para estas personas el tiempo parece detenerse. No hay nada para saborear de antemano y el cuerpo entero pasa de un estado a otro. No hay ensayo y error. De repente se está en dos mundos: uno submarino en el que no se hace pie y todo se desestabiliza; y otro más calmo, al que se llega eyectándose en busca de oxigeno. La aventura es un tanto más corta e individual. Quien se acerca a la orilla de esta manera no avisa, no le suele importar a quién salpica, solo es él y el mar.
Para muchos, estas personas resultan arriesgadas, rebeldes, enérgicas, desafiantes e impulsivas. Después de pensar cuál sería la mejor forma de acercarse a la orilla, creo optar por la primera.
No hay nada mejor que detenernos a contemplar la vida, saborearla, vivir intensamente cada instante, girar la cabeza y ver al otro, saber en qué anda, tambalear de vez en cuando para aprender a pisar firme, movernos para que la arena de los miedos y frustraciones no nos impida avanzar, saborear el agua salada para saber en qué lugar estamos y hacia dónde queremos llegar. Buscar, sorprender, animar, errar, temblar, hundir, perder, para luego alcanzar la propia orilla.
Muchas veces luché por ingresar al mar de la manera más rápida y pensé que lo importante radicaba en vencerlo. Hoy creo que no es de cobarde entrar de a poco, sino más bien de quien piensa que a la vida se la enfrenta de a poco, cada cosa a su tiempo, cada detalle es único y esto es lo que nos hace ser quienes somos, disfrutar de las pequeñas cosas, de lo simple pero no por eso menos importante.
